CUENTOS + IMAGENES
EL LATIDO DEL AIRE (CUENTO)

Mientras manejaba, iba pensando que éste había sido el mejor golpe de fortuna que había tenido hasta ahora.
El desierto, el calor, las reverberaciones sobre la arena, la soledad, eran abrumadoras y fascinantes.
Durante años había soñado con estar ahí, sentir lo que sentían los beduinos, tratar de descubrir qué bullía en sus mentes detrás de esos ojos afiebrados y enigmáticos.
El paisaje se desarrollaba entre dunas de arena desnudas, sin vegetación. Era lo que había esperado encontrar.
A esa hora del mediodía, el sol golpeaba inclemente sobre una superficie brutalmente amarilla, y no se veía un alma.
Se dirigía al pueblo de Muftakar. Lo había enviado la Agencia para hacer una nota sobre algunos relatos extraños y confusos de apariciones entre fantásticas y sobrenaturales. Venía cargado con un profundo escepticismo, producto sin duda de su personalidad pragmática y tal vez aburrido de reportar fraudes, vivillos, apariciones de corte comercial y toda clase de impostaciones propias del mundo fronterizo entre la desesperación por un beneficio económico y la ignorancia de la gente.
El patrón era más o menos siempre el mismo: en un pueblo deprimido, una persona semi-ignorante anunciaba haber visto una aparición. Podría ser la Virgen, en la Europa Mediterránea o Sudamérica, un OVNI en el Sur de los Estados Unidos o un Zombi en Haití o África. Sólo la veía o escuchaba esa persona. Pronto una multitud creía indirectamente en la aparición y aceptaba el mensaje. La autoridad religiosa, o seudo-científica, al principio desestimaba el fenómeno, luego se mantenía neutral y al final lo aceptaba. El pueblo prosperaba por la afluencia de creyentes y el sacerdote local o el gurú científico y su parroquia ascendían de categoría. El Mensaje invariablemente ordenaba construir un Santuario, lo que dinamizaba la industria de la construcción local, y rezar, lo que ayudaba a sostener el Santuario.
Pero algo distinto había en este caso. No existían antecedentes de que esto hubiera sucedido en un país beduino.
Maldijo una vez más la cicatería de la Agencia, que lo había obligado a alquilar este vehículo viejo, sin aire y con extraños ruidos de funcionamiento.
Precisamente, percibía un ruidillo preocupante desde hacía un par de kilómetros, que fue aumentando al oído atento y que se desvaneció de a poco junto con el ruido del motor en marcha.
Las agujas del tablero marcaban normalmente, combustible tenía, pero el motor empezó a desacelerarse, el vehículo se deslizó un poco más por la escasa pendiente del camino, y finalmente se detuvo. Le dio arranque un rato largo, y nada. No quiso insistir, iba a agotar la batería.
Se bajó. Ahora se escuchaba sólo el silbido del viento. El calor era intolerable, y no se veía persona, animal o planta alguna. Ni el auto hacía sombra. Menos mal que traía un sombrero de ala ancha y cuatro botellas de agua mineral medio tibia. Se puso el sombrero, se tomó un trago de agua y se sentó a pensar. El celular marcaba “sin señal”.
Alguien pasaría, y pronto, pensó. Aunque no se había cruzado con nadie desde hacía al menos dos horas.
Miraba el horizonte de arena desnuda y el aire caliente que brotaba de ella formando figuras etéreas y caprichosas. Como si el aire latiera. Se tocó la frente, le pareció que tenía un poco de fiebre. Miró de vuelta. El aire caliente iba y venía y parecía acercarse de a poco. Se paró al borde del camino. Miró mejor. Pensó: es esto lo que vieron los beduinos, aire caliente en movimiento.
La voluta se acercó, y ahora parecía una llama en movimiento. El silbido del viento se modulaba y semejaba palabras. Ahora la llama era azul y se detuvo a unos cuatro metros de donde él estaba. Sintió que la llama algo le decía: parecía la voz de su madre muerta hacía ya años. Decía cosas dulces, ya escuchadas antes. Se sintió bien, ya no tenía calor.
La nube se acercó y lo envolvió. Sintió una mano tibia sobre la suya, y el aliento perfumado en el rostro. Se durmió con una canción en los oídos.
Cuando despertó, lo primero que vio fue el cielo profundamente azul como fondo, y una bandada de golondrinas negras que volaba hacia Occidente.
Giró la cabeza y vio la camioneta que se acercaba a lo lejos. Saltó al medio del camino a hacerle señas y cuando el conductor beduino paró, se acercó ansioso a la ventanilla.
Tuve un desperfecto mecánico, le dijo en pésimo árabe, voy para Muftakar.
Muftakar? , respondió el otro, no hay ningún pueblo con ese nombre por aquí.
Y mientras iba caminando, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le hablaba. Los que lo acompañaban oían la voz, pero no vieron a nadie.
Hechos, 9-3