CUENTOS + IMAGENES
PUEBLO DE PESCADORES

El Pueblo existía desde tiempo inmemorial, pero nadie se acordaba desde cuándo.
Las casas se aferraban a las rocas, disputándole el lugar a las gaviotas.
La actividad era la pesca, y la afición favorita de la gente, registrar las líneas ascendentes de sus ancestros.
Remontándose en su propia genealogía, la mitad de los habitantes reclamaba descender del mítico Rey Roberto, un joven de origen humilde que había creado un Imperio de la nada, que duró unas pocas generaciones, para disgregarse al final en pueblecitos como éste.
La pesca ocupaba a niños, mujeres, hombres y ancianos. Preparaban las redes, calafateaban los barcos, hervían los huesos y espinas, almacenaban el cebo. Los hombres salían de madrugada y regresaban al mediodía, con las bodegas henchidas o medio vacías, entre cantos o en silencio, locuaces o reservados, para descansar, conversar con los ancianos o enseñarle a leer a los niños.
Un día, cuando los barcos habían ya zarpado, un grupo de chiquitos que jugaban en la playa encontró un hombre empapado, tirado en la arena. Respiraba con esfuerzo. Lo rodearon, sin animarse a tocarlo. Al rato se incorporó, no sin dificultad.
Lo llevaron con las mujeres, que le dieron ropa seca, le ofrecieron comida y lo convencieron de que se recueste a descansar hasta que regresaran los hombres.
Durmió profundamente, hasta el anochecer.
Cuando se incorporó, parecía otro. Recién bañado, con ropa limpia y la cara más fresca, se reveló como un joven bien parecido, con un aire familiar.
Contó en la rueda de hombres, que iba viajando en un barco de carga, y que se había caído al agua (o que se había bajado al agua). Que había pasado cuarenta días a la deriva y que le había tocado forcejear con un pez negro en el camino, que por poco lo traga.
Dijo que venía de las tierras de arriba, que lo había mandado la Familia, para arreglar algunos temas pendientes en la Capital.
La conversación derivó en el tema favorito de todos: los ancestros. Para sorpresa de los presentes, el visitante conocía sus ancestros desde muchas generaciones atrás, y la línea también pasaba por el Rey Roberto.
Les habló hasta muy tarde, y lo escuchaban fascinados. Había viajado. Les contó de mundos distintos, de personajes, de su familia, de sus amigos. Les dijo que en un par de días seguiría su camino, los invitó a acompañarlo. Quería ayudar a sus compatriotas, dijo.
Para consternación de sus familias, cinco de los hombres decidieron acompañarlo.
Se fueron a los tres días, caminando por la playa. Los despidieron con amarga alegría y no pocos presentimientos.
Por un tiempo no tuvieron noticias de ellos. Después, de a poco, se fueron enterando que habían llegado a la Capital, que en el camino habían congregado a mucha gente, que les habían sucedido cosas maravillosas.
Un buen día, volvieron. Los cinco. Era como si los hubieran cambiado. Se mostraban amables con sus familias, pero como ausentes. Volvieron a pescar.
De a poco se fueron enterando de los detalles de sus aventuras. Al llegar a la Capital, se encontraron que la Policía los estaba esperando, y les recomendaron no armar escándalo. Fueron igual a la Plaza, a hablar con la gente y a acampar, y terminaron todos apaleados y finalmente, presos. La misma gente que los escuchó, ahora les pedía a los empujones que se vayan. El Amigo que los llevó había desaparecido en los tumultos, y no pudieron encontrarlo más. Decían que lo habían matado. Desalentados, emprendieron el regreso.
Volvieron a la rutina de la pesca mañanera y las charlas vespertinas, y de a poco los recuerdos empezaron a desvanecerse.
Después de un tiempo, una mañana luminosa, mientras los hombres estaban embarcados, corrió la noticia por el Pueblo como un rayo. El Extraño había vuelto!
Salieron a verlo, ancianos, mujeres y niños. Estaba radiante en sus ropas blancas como la nieve.
Vengo a buscar a mis amigos, les dijo, los que creyeron en mí, los que sufrieron por mi causa, para llevarlos a la casa de mi Familia allá arriba, donde he preparado una habitación para cada uno.
Lo escucharon en silencio, y Lo fueron guiando, sutilmente, barranca arriba mientras les hablaba, hasta llegar al borde del Pueblo. Los niños iban adelante, las mujeres después y los viejos al final, subiendo lentamente las callecitas cada vez mas empinadas. Desde el borde del Pueblo Él miró para atrás, y después siguió solo hasta la cima, donde lo cubrió una nube, y cuando ésta pasó, ya no estaba.
Nada les dijeron a los hombres, cuando volvieron por la tarde.
Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron
Juan, 1-11